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La realidad es más terrible, la nota roja no inventa nada


El interés de la gente por la desgracia ajena se debe principalmente a dos cosas: al morbo natural que los humanos tienen por lo grotesco y lo prohibido, y porque sirve como un aliciente para los jodidos. Hay mucha gente que es pobre, que no tiene dinero para comer, pero que al ver una revista como Alarma! dicen: ‘pues no estoy tan jodido, este güey está peor, porque está preso o muerto. El otro está peor justamente porque ya no está’”.
Lo anterior lo dice Miguel Ángel Rodríguez, quien ha trabajado para esa revista durante 25 años —los últimos tres como director—, satisfaciendo los deleites más oscuros de millones de personas, no sólo en México sino también en Estados Unidos (que hasta la tiene como material de lectura en algunas de sus prisiones), y próximamente España.
Incluso se ha convertido en una publicación de culto, a la que le han dedicado amplios reportajes en la revista inglesa Bizarre y en libros japoneses dedicados al cultivo de imágenes sangrientas.
Todo surgió cuando el director fundador de Alarma!, Carlos Samayoa Lizarraga, al ver que publicaciones como Impacto o Magazine de policía, de nota roja, no vendían lo suficiente, se fijó la meta de crear una publicación que verdaderamente “alarmara”, al exhibir en sus páginas lo más cruento de nuestro país.
Con esta idea en la cabeza, sólo faltaba un logotipo apropiado. Fue entonces cuando se creó el clásico Alarma!, con una tipografía que remite a la que se formaría si se trazara con un dedo con sangre, enmarcada en un fondo amarillo. El primer número salió en abril de 1963.
Actualmente, Miguel Ángel no concibe su vida fuera de la redacción de esta revista a la que llegó desde los 17 años de edad. “Yo nunca estudié la carrera de periodismo. Fui nada más a la secundaria, luego anduve un añito de vago y después, a los 17 años, me metí a trabajar como mensajero, recogiendo las notas del interior de la República que mandaban todavía por paquetería y bueno, ya sabes, a ir por los chescos y las tortas.
“Ahí, poco a poco -recuerda Miguel Ángel- empecé a aprender todos los secretos para hacer una revista: desde diseñar las páginas, hasta hacer una nota”. Y no sólo eso. También comprendió muy bien qué es lo que le gusta ver a la gente, lo que le ha permitido lograr tirajes de más de 200 mil ejemplares.
“A la gente entre más imágenes sangrientas, más les gusta. La nota roja, desde el puro nombre ya es sangre; debe incluir siempre un crimen, lo sangriento”. Y reconoce que en realidad no hay un límite al momento de seleccionar una fotografía. Por eso ilustró en su totalidad dos de los casos más sorprendentes que han logrado sacudir a Miguel Ángel en todos estos años. Narra a detalle:
“Hubo un asunto en Oaxaca que sucedió hace como cuatro años, en donde una señora embarazada llamó a una comadrona para que le hiciera el trabajo de parto.
En un asunto muy extraño, el bebé venía de pies. Entonces la mujer, en su intento por sacar al niño jala tanto, jala tanto, ¡que lo decapita! Se queda con el cuerpo en sus brazos, mientras que la cabeza permanece adentro. Obviamente se espanta y se va. No me explico la fuerza que tuvo que imprimir la mujer para decapitar al niño”.
“O el caso, en el estado de México, de un esposo celoso que mató a su mujer. Resulta que la esposa, al parecer, tenía un amante. Entonces, el esposo invita a tomar unos tragos al susodicho, en donde aprovecha para envenenarlo. Por su parte, a ella la golpea hasta que la deja en estado inconsciente para luego meterle un balazo por la vagina, que le atraviesa todo el cuerpo y le sale por el cráneo.
Le pega justamente en la parte donde lo engaña. Ese tipo de crímenes son de mucho cerebro. Lo planeó todo”, refiere Miguel Ángel, quien es ferviente lector de libros sobre asesinos en serie.
Y por si alguien duda de la veracidad de estos relatos, aclara: “Alarma! no manipula nada. Tenemos muy mala fama de que somos amarillistas o sensacionalistas, pero no. Si te decimos que fueron veinte puñaladas, fue porque el perito así lo confirmó.
“Son hechos tan crueles que si nosotros tratáramos de inventarlos no nos saldrían casos tan terribles. Es increíble la saña que se tiene a veces para matar a alguien que no necesitamos hacer más. La verdad es que está gacho pero nos dan todo”.
Miguel Ángel ha pasado así más de la mitad de su vida, conviviendo de frente con la muerte -la propia y la ajena- en donde, dice, al final terminas por acostumbrarte.
“Me dicen que soy muy frío, que no tengo sentimientos, pero no. Lo que pasa es que ya lo veo natural; a estas alturas ya no puedo ver nada peor de lo que he visto. Además, yo también tengo a mis muertos. Ví a mi padre muerto cuando tenía ocho años, cargue a mi hermano difunto, pero ya no lloro, además de que nunca he sido muy chillón”.
“Trabajar en una revista así me ha servido incluso como terapia, a saber que un empujón en el metro me puede costar un piquete o una golpiza, o que por decirle un piropo a una mujer me pueden asesinar. Sé que tengo que portarme bien para no salir en las páginas del Alarma!. No me he vuelto violento y hasta ahorita no he matado a nadie”, finaliza.

Por: Juan Carlos Aguilar García / La Crónica

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